Hace seis años, el 9 de mayo de 2014, moría Carmen Argibay.La noticia me sorprendió en el aeropuerto de Nairobi, cuando regresaba de laConferencia Bienal de la Asociación Internacional de Mujeres Juezas realizadaen Arusha (Tanzania). Había ido en su representación, ya que Carmen no estababien de salud. Traía buenas noticias que no llegué a contarle. Había resultadopresidenta electa para el período 2016/2018. Tampoco pude estar en la capillaardiente que se levantó en la Corte Suprema de Justicia .
Después de un largo viaje llegué a Ezeiza y de allí fuidirecto al cementerio de Pilar para despedir a mi amiga y mentora. No habíanadie. En la sala, solo su ataúd a la sombra de un gran y brillante crucifijode bronce. Ironías de la vida: Carmen era una atea confesa y también bastanteanticlerical. Recordé en ese momento lo que me había dicho una vez:”Susana, yo no creo, pero vos que creés, rezá por mí”. Lo hice allí ylo sigo haciendo cada día, recordando su trabajo y cómo abrió un camino queterminó por instalar en la agenda pública, para siempre, los temas de justiciay la mujer que hoy resultan de ineludible tratamiento.
Estuvo privada de su libertad casi un año sin justa causa nidebido proceso por el autodenominado “Proceso de ReorganizaciónNacional”, y sin embargo no guardó rencor ni deseos de venganza. Por elcontrario, demostró grandeza de espíritu e independencia de criterio al momentode tener que resolver causas por delitos de lesa humanidad. No hizo de los derechoshumanos un negocio. Esclava de la ley, no hacía interpretaciones académicas nidogmáticas de ella. Solo recurría al sentido común y la experiencia.
Sus convicciones democráticas eran profundas einclaudicables. De pocas palabras e ideas claras, las transmitió con valentía ysin ambigüedades. No tenía grises ni matices.
Reconocida y respetada internacionalmente, fue cofundadorade la Asociación Internacional de Mujeres Juezas, que presidió entre 1998 y2000. Sería natural que luego fuera elegida para el Tribunal de Tokio, quetenía como objetivo escuchar los relatos de mujeres ya ancianas, violadas ysometidas a esclavitud sexual por las fuerzas armadas de Japón durante laSegunda Guerra. Ellas necesitaban una reparación y la obtuvieron con lasentencia dictada en diciembre de 2001 en La Haya.
El Tribunal de Tokio fue uno de los primeros tribunalesintegrados totalmente por mujeres que supieron escuchar a otras mujeres ycomprender las situaciones traumáticas vividas por ellas. Carmen estuvo allí.Esa experiencia dejó profundas y dolorosas huellas en su alma.
En junio de 2001 fue nombrada por las Naciones Unidas juezaad litem en el Tribunal Internacional para juzgar crímenes de guerra en laex-Yugoslavia. Finalizado ese juicio, el 3 de febrero de 2005 asumió comoministra de la Corte y allí estuvo presente la Asociación de Mujeres Jueces dela Argentina, de la que había sido fundadora y presidenta.
Convencida feminista, en 2009 creó la Oficina de la Mujer dela Corte Suprema, única en su tipo en el mundo, para capacitar en temas degénero a magistrados y empleados. Recuerdo que decía: “No vamos a ver losresultados, pero tenemos que empezar. La clave está en la educación; educarpara la igualdad”. Carmen no está para ver que ese modelo ha sidoreplicado en diferentes provincias argentinas, que de manera progresiva han idocambiando la doctrina y jurisprudencia de sus tribunales.
Más que una jurista, Carmen fue una humanista. Dedicó suvida a mejorar la de los demás a través de múltiples y variadas acciones, quellevó a cabo en silencio, con humildad, reserva, empatía y generosidad. Trabajópor una judicatura independiente, eficaz, eficiente, cercana a la gente y conperspectiva de género. Una judicatura igualitaria, transversal, abierta yfederal.
Tengo en mi despacho la toga que usó en el Tribunal de LaHaya, varias de sus distinciones honoríficas, las placas de bronce de lasoficinas que ocupó, los libros y cartas de quien fue mi mentora, mi hermana enla ley, una jueza justa, independiente, coherente y transparente que me honrócon su amistad, pero por sobre todo, con su visión y trabajo, honró a todas lasmujeres, y a la Argentina, su país, al que tanto amó.
(*) Por Susana Medina. Jueza de la Corte de Entre Ríos y titular de la Asociaciónde Juezas Argentinas




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